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Solo un chicoen bus 31 May Los placeres perdidosHasta aquí la fría noticia. Ahora ese libro es publicado, con intenciones seguramente comerciales, como Los placeres perdidos. ¿Desacierto? Tal vez. El hecho de que nadie sepa qué es un frenáptero no invalida un título más acorde con la personalidad del autor (y de sus personajes, todos frenápteros) y más acorde con sus ya conocidos libros anteriores, entre ellos Breve historia de todas las cosas (1975), curiosa trama cuyo laberinto se desenvuelve, imprevisiblemente, en Costa Rica, o los espléndidos Cuentos para después de hacer el amor (1983), que constituyen, sin duda alguna, junto con La nave de los locos de Pedro Gómez Valderrama, los mejores libros de cuentos de autores colombianos publicados en la década de los ochenta. ¿Qué es, pues, un frenáptero? Aventuro una hipótesis etimológica: la palabrita podría provenir del griego y querría significar: ‘inteligencia sin alas’ o ‘espíritu sin alas’. Frenáptero: "cazador metafísico", dirá el autor, aludiendo al protagonista. "Si alguna vez hubo en Cali —ciudad que se precia de albergar especímenes humanos en los que el esplendor es costumbre y espectáculo— un mancebo digno de ser amado por todos, todas, siempre sin tacha ni pausa ni reposo, ese ser magnífico fue Adolfo Montañovivas". La presentación no otorga ni pide tregua. De ahí en adelante veremos que Adolfo, extraído de las alturas del barrio San Fernando y de las aulas del San Luis Gonzaga, en "la ciudad más depravada y gozona de Colombia", es el único y absoluto personaje, y hablar de un solo personaje siempre ha sido ardid que da buenos resultados. Como aproximación a lo real, no hay problema hasta aquí. Pero basta una breve ojeada en la obra de Aguilera para advertir que en ella conviven en perfecta armonía la cruda realidad de seres humanos y otras bestias comunes con el mundo mágico del libro de los seres imaginarios. El frenáptero debe ser, desde una nueva óptica, un primo de los cronopios o de las famas, pues. son de una misma estirpe, o del rinoceróptero célebre de "Amor contra natura", uno de los Cuentos para después de hacer el amor en el que un ingenuo rinoceronte se enamora de un desgarbado helicóptero, nuevo acuerdo entre esos dos mundos aparentemente irreconciliables, o de los perratas que por aquí van y vienen, o de las tenyerinas, criaturas que oscilan entre anfibio y ave, o dé los extraños bibbis, o de los elefantes terrestres, marinos y volátiles, o de los toxitls muy aztecas, al menos de nombre. Un toxitl puede ser cualquier cosa; desde una cruza entre un chontaduro y un axolotl, criada en Jalapa o en Tetzaltenango, hasta el nombre propio de una de las mónadas de Leibniz, si bien es cierto el autor adviene que las mujeres seguramente son una forma evolucionada de toxitl, lo que nos acerca a más atrevidas perspectivas. lgualmente, en Los placeres perdidos reaparecen los hermosos saúdes, esos "seres de ojos inmensos y tiernos, como los de los antílopes, y que sufren si no son acariciados con arte y paciencia". Y es que, como recalca más adelante Aguilera, "para saber a ciencia cierta si una persona es hermosa o detestable, es necesario someterla a un largo tratamiento de besos y caricias". El inicio del recorrido es un tanto arduo y se presenta, engañosamente a mi parecer, como un aparte más de esa inmensa novela mediocre que se está escribiendo día a día en Colombia y que parece provenir siempre de un mismo autor, aunque quizá, en este caso, un poco por encima del nivel general —por lo menos no es sórdida aunque por ahí afloran resentimientos, acaso no injustificados, contra un conocido concurso literario—, que oscilan entre lo cotidiano y lo vulgar, con un ambiguo erótico que denuncia los mil años de tabúes que llevamos encima, con un contundente violento y un aberrante sórdido, aditados con tal cual metáfora que apana del lenguaje callejero lo suficiente como para ameritar la imprenta. Todo huele, en las primeras páginas, a apuntes guardados en un baúl en espera del concurso redimidor, pues se advierten en principio todas las características de novela de aprendizaje, de ejercicio juvenil. Costumbre de nuestros escritores: enviar una novela a un concurso viene a ser casi como comprar lotería; al fin y al cabo, cualquier día los jurados pueden caer en la trampa... Adolfo, el frenáptero, es apenas un tipo chévere, uno de esos arquetipos que pueblan cuentos y novelas colombianos. Resulta ser un personaje no tan atractivo como nos lo propone Aguilera Garramuño. "Aedo de piano portátil ", intenta deslumbrarnos con su exterior hermoso, con su inasible, insosegable alma de colibrí, con sus desplantes pretendidamente pintorescos de hippie de los sesenta y revolucionario trasnochado, nutrido en Lenin y en "las iluminadoras comilonas de hongos en los valles aledaños a Cali", es decir, en las "sendas escondidas de Pance". Adolfo es especialista en la materia. El complemento es obvio: la suya es una filosofía no escrita en libros ni estudiada en universidades. Está lejos de la introspección, lejos de la metafísica, lejos de las profundidades de la conciencia. Sus ideas de homo ludens son puro divertimiento, puro juego inocente o escapatoria de la realidad: "carpe diem"... para Adolfo, "un perro que se muerde la cola no es un perro que se muerde la cola, sino una trampa puesta en medio del camino para que nos detengamos a contemplar una imagen viva del infinito", porque la realidad es "una obra de arte que está esperando el ojo iluminado". Desde luego, el tema no lo agotó Fernando González, y el frenáptero se muestra capaz de suscitar reflexiones en el lector, porque es preciso decir que Aguilera Garramuño maneja todo un lenguaje de símbolos que oscilan entre el mamagallismo y la metafísica: Véase un ejemplo: "La postreridad: que otros se coman el postre que uno prepara con tanto trabajo". Cuando Adolfo sale, va a ver y a que lo vean, a sentir envidia de los demás y a que los demás sientan envidia de él. Es un peripatético, nutrido en calles y bailaderos, rebelde e iconoclasta que no se acuesta con sus hermanas porque ya muchos lo han hecho con las suyas, aunque no tiene inconveniente en noquear a su madre con un recto a la mandíbula. Lo triste es que aquello ya no nos conmueve en demasía, salvo acaso porque la mano, como en la leyenda que han propagado por siempre las madres precavidas, se le arruga al hijo agresor. Su programa vital comprende desde reformar el paisaje hasta abolir la televisión, ese demonio, pasando por rascarle los testítulos al infinito, tutearse con las esencias, tomar el té con los arquetipos platónicos, admirar amaneceres y crepúsculos a pesar de la presencia inmediata de "los mastines del orden", pero, ante todo, escribir la ración diaria de literatura sin la cual la vida es imposible: "¡Un cálamo, un papiro, una corteza de maple, un cuero de cabra del Sinaí, rápido, lo que sea, tengo que escribir una idea que se me escapa!...". Seductor a su pesar, su figura es "una visión desquiciante". "Hombres, mujeres y bestias caen abatidos fulminantemente por su encanto y sienten la necesidad angustiosa de hincar el diente real o figuradamente en su carne de ave celestial... Los recursos para llegar hasta Adolfo han sido tan diversos como los matices del verde en la selva amazónica al amanecer". Bisexual aunque casi asexual, sus vicios sirven para símiles y metáforas atrevidos: "No he tenido tiempo para decidir si me gustan más las mujeres que los hombres. Creo que prefiero a las lombrices de tierra después de la lluvia". O este otro: "los ojos del profesor se abatieron sobre los de Adolfo como garras en cuellos de gorriones y picas en nucas de Flandes". El prefiere el amor a lo Dante y Beatrice, amor emocionante pero "sin desagradables intercambios de secreciones", pese a que se topa a menudo con mujeres con intenciones aviesas y "no ignora que tras los ojos de admiración mística hay bestezuelas golosas que más vale no convocar", porque "todas quieren lo mismo, cochinas, prosaicas. No me opongo al acto sino a la prisa... Al amor se debe llegar como a la cima de la montaña más alta". Adolfo simplemente habla, divaga. "Adolfo, las señoras y los elevadores tienen largas y tórridas historias dignas de ser contadas". La novela es apenas una disculpa para perorar sobre lo que se le ocurra al autor. Capítulos hay que, como éste, rezan en su encabezamiento: "IV. Pequeña cuasitragedia, para mujer que puede ganarle discusión a Borges, ambiente desolado y Gandul, con peligroso entremés del frenáptero entre las garras de las perratas y las uñas pintadas de la Poeta Lujuriosa". Los recursos líricos no se improvisan: "Consideremos ahora la gran diferencia que hay entre tu piel, tan suave y disfrutable, bajo la cual hay músculos mullidos que parecen llenos de espíritu de alta nube, y mi piel, erizada de vellos, que oculta músculos rígidos, protuberantes, desagradables, como un vil sistema de correas y poleas carente de toda poesía". O estos dos: "y se miran divertidos los dos abrazados en el centro del espejo, en medio del escándalo anticuado de sesenta bombillas de diez voltios" y "más insultado que una hetaira romana en manos de la baja plebe o tan vapuleado como una mujer adúltera en el Antiguo Testamento". A veces son breves sentencias o aforismos propios, espetados de repente: "No hay como las largas antesalas para la alimentación de la cultura personal: en aquella ocasión leí 500 páginas de La guerra y la paz ". "Si uno les dice piropos a viejas secas como espartos, éstas reverdecen". "La sociedad se inventó para liberar al hombre solitario del peso de su propia conciencia y para que se mantenga ocupado en imbecilidades". "Soy más inútil que una vaca, pero menos perjudicial que un policía". "Cuando uno es feliz más vale no hacer preguntas". "Ahora me doy cuenta de que relativamente es la palabra perfecta: quiere decir que sí sin conceder del todo, y quiere decir que no, sin ser descortés". "La palabra impúdicamente me agrada: vamos a ponerla en práctica". Es inevitable aquí la referencia a la sombra de Swann, de sus muchachas en flor y de las magdalenas mojadas en té, cuando Adolfo permanece cinco años sumergido en el primer volumen de Proust, cuya obra espera rehacer "a la colombiana". También rondan los acentos kafkianos: "Parece que su propósito era convertirse en un monstruo insecto ", o "una mañana al despertar Adolfo descubrió que se había vuelto a transformar en un monstruoso ser solitario". En todo caso, por doquier hay guiños de ojo a los buenos lectores. Hermosa es su vivencia personal de los libros que dirige. "Con don Quijote anduvo quebrando vitrinas a pedradas y liberando maniquíes fríos e indiferentes. Con Funes el memorioso le entró un delirio nemotécnico que lo iba llevando al manicomio. La lectura de El licenciado Vidriera estuvo a punto de mandarlo al hospital y con Dante recorrió los círculos del infierno en un bailadero de salsa, donde "conoció fugazmente la cara de la muerte cuando un moreno extraviado entre el alcohol y una mujer maldiciente, lanzó un puñal al azar, que se clavó a tres dedos de su carótida". Su mundo es extraño, sonoro; claro está que eso no basta para hacer una literatura; tener una boa constrictora de mascota tampoco es literatura. Sin orden ni concierto desfilan por estas páginas Mahoma, Heráclito, Descartes y su silla turca, refugio del alma, Bach, Ravel, Mastropiero y su cuernófono dipituitario, Dick Tracy, Mandrake, Drácula, Nietzsche, Descartes, Carnap y su "Demostración matemática de la inexistencia de Dios", refutación a Spinoza, Lautréamont, el Filósofo de Envigado, Robbe-Grillet, Gramsci, Roberto conde de Flandes, el más grande insultador de la historia, el poeta Antonio Llanos languideciendo, en un manicomio atroz, un frailecillo extraído de las Memorias de Casanova, un perdido fanático propulsor de las Cruzadas, un profeta de tercera línea que apenas si es nombrado en la Biblia, junto con ángeles de mala calidad cuyas alas se deshojan al menor golpe de viento y con lugares biensonantes como la Mongolia Central, equivalente al éxtasis, al paraíso, Ratisbona, Fuenteclara del Ebro... (Sartre aseguraba que los de nombre más hermoso eran Aranjuez y Canterbury). Adolfo afirma, por supuesto, que la gran literatura del siglo XX es la que se esconde en las tiras cómicas. No ha acudido al suicidio por no haber conseguido dar forma definitiva a su carta de despedida aunque sí a su epígrafe: "No pongan flores sobre mi tumba pues soy alérgico", lo que no le impide elaborar un fino Manual del suicida doméstico. El marco temporal de la novela es irrelevante. Si la página 105 nos ubica en 1974, por la 196 estamos en 1978. En la 241 estamos en 1982, aunque en la 195 ya ha muerto Juan Pablo II. En verdad, poco importa. Los personajes secundarios apenas sí son dignos de mención: Polibio de Megalópolis, líder universitario; Gandulín, cuya madre "le ganaría en discutir a Duns Scotto, a Erasmo de Rotterdam, incluso a Borges" (¿no será esta una mala interpretación de las capacidades intelectuales del argentino, más dado a "sugerir" que a "vencer"?); Mariño, poeta que, como todos los poetas colombianos, "está estudiando francés en la Alianza y sueña con ahorcarse colgándose de un poste de luz en París". Los niños, Lorena y Tato, son depravados: "Yo sólo espero que los niños no cambien, dice Adolfo, que conserven íntegras sus capacidades perversas". Lorena, sobra decirlo, a los siete años sueña con hacer el amor con su tío Adolfo: "-Por favor, tiíto, no te rasures que me gusta tu piel rasposa —le dice— y por la noche, cuando no estés, el ardor en mi carita me traerá hermosos recuerdos ". La presencia final de Albamarina, con su figura de princesa de Alfa Centauro, da relumbre a la novela. Su papel es perturbar a los adeptos de Adolfo, llevándolos a crisis terribles. Pero lleva a Adolfo al amor (hoy hace amor, dice al despertar), en escenas de una ternura infinita: "Luego nos acostamos a descansar y a darnos besos. Unos 700". Son el doncel y la doncella de oro. Más aún: son felices. Lo que consiste simplemente en "alternarse la flauta dulce, cantar dúos, hablar de instrumentos musicales, admirarse mutuamente y darse muchos besos. La metáfora pertinente y atinada da a las escenas eróticas cierta frescura y aun majestad: "El pelo se desparramaba sobre la sábana blanca y era como si allí mismo estuviera estallando una supernova... Me dediqué a besarla hasta que mis labios tropezaron con el más fresco rincón de su existencia". O esta bella comparación donde parecen agotados todos los recursos: "Sus dos pechos eran como las narices de dos ardillas dormidas. Su sexo parecía el dorso de un delfín hundiéndose en el agua cristalina de sus muslos ". Y es que la novela, con el correr de las páginas, va adquiriendo cuerpo, majestad, se va poetizando. No solamente asoma la literatura sino que empieza a rondar lo magistral, para acercarse y rematar al final con fanfarria triunfal. El frenáptero propugna la aparición de un nuevo superhombre: "Para que surja el nuevo hombre es necesario que asuma el sentido de su propia irresponsabilidad". "El poder para los imbéciles. La libertad y la irresponsabilidad para los frenápteros". De ahí acaso la dispersión del relato. No se divisa un hilo conductor. Con el mayor cinismo Aguilera termina una aventura por aburrición, o simplemente no la termina. Adolfo soluciona todo acudiendo a expedientes demasiado sencillos, deus ex machina que descienden para suprimir los problemas. Paradójicamente es entonces cuando brilla la literatura, bendita musa irracional. Es especialmente notoria en el viaje a Grecia, con su "bello desastre de las islas dispersas", en una cubierta de buque olorosa a camellero egipcio, a aguador armenio, a puta parisiense o a pisaverde de Turín, donde advierte Adolfo que su verdadera vocación siempre había sido la de cuidador de cabras en Hipogasto. Al final de cuentas, vemos que la novela no está lejos —creo personalmente que la supera con creces— de aquella muy mentada y sin duda sobrevalorada —lo que hacen el prestigio del suicidio y de la juventud— Que viva la música de Andrés Caicedo. Quiero finalizar con una reflexión, ojalá provechosa. Aguilera Garramuño demuestra, una vez más, que nuestra riqueza expresiva —hablo no sé si de la del latinoamericano, del hombre del trópico o del tercermundista, que no los he conseguido ubicar porque no soy sociólogo— se esconde en nuestro sistemático repudio a los sistemas y a las academias y florece en el caos inteligente. La lectura de una obra como ésta invita —¡oh desgracia!— al análisis socio-político (¡qué horrible!). Un personaje se impone hoy en las letras: el desadaptado urbano, incoherente, soñador, mamagallista y, sobre todo, intrascendente. Su historia —a lo más— nos hace reír o nos pone los pelos de punta y puede ser el pretexto para una bella novela. Creo descubrir en la literatura más actual un nuevo rumbo. Se trasluce en ella el anhelo, la esperanza de una vida mejor, más justa. No ya el llanto y la ira que propagó una desesperanzada Latinoamérica antes y durante el boom. En este caso, en particular, encuentro patente la influencia de la narrativa mexicana actual (¡Dios tenga en su seno a Jorge Ibargüengoitia!), tan lúdica y gozona. Ya no habla la voz de Onetti ni la de Rulfo. Ya hay una capacidad para reír, así sea a costa de nuestras insensateces, dentro de un nivel de vida soportable. Es, lo entreveo, el despunte de una nueva generación, ávida de paz y de progreso. 28 May Las caras bonitasProbablemente tenía razón la hermana del pastor.
Únicamente las caras bonitas despiertan ecos de simpatía en los
corazones de los hombres, picaronazos de tomo y lomo. Que nos presenten
una mujer tan prudente y casta como Minerva, y a buen seguro que no la
miraremos dos veces si es fea; en cambio, por grandes que sean las
locuras a las que nos arrastren un par de ojos hermosos y tentadores,
podemos contar con que serán fácilmente perdonadas, de la misma manera
que, una frase o una conversación, por vulgar y de mal gusto que sean,
si brota de unos labios rojos y perfectos, suena como deliciosa armonía
en nuestros oídos. De aquí infieren las señoras, informando su juicio
en la norma de justicia que les es peculiar, que toda mujer bonita
tiene que ser tonta. ¡Ah, señoras, señoras! ¡Olvidan ustedes que, en su
gremio, abundan las que, sobre ser feas, son necias!
William M. Thackeray, Vanity Fair, 1847 27 May Marco Tulio y su labor para revistas poco cientificas.Tras haber hecho esta breve investigación de campo me ocuparé de mi propia experiencia. Ello con el objetivo de dar una perspectiva exterior. Mi conocimiento del asunto es no sólo vivencial sino literario. He asistido a unos cuantos orgasmos, algunos bastante particulares y sofisticados (acaso falsos). En dos casos, de mujeres relativamente parecidas (una maestra y ex-azafata costarricence; y otra abogada, mexicana, dispuesta a disfrutar de la vida hasta el fondo) que en el momento de alcanzar el éxtasis comenzaron a emitir imprecaciones, barbaridades, dignas de un marinero en derrota, en varios idiomas. Me ha tocado el caso de una mujer que siempre que alcanzaba el orgasmo, se ponía a llorar como si estuviera asistiendo al entierro de su madre. Esto es explicable, disculpable, incluso diríase normal, cuando el hombre ha llevado a cabo un amoroso y profesional trabajo sobre el cuerpo y el espíritu de una mujer a quien Dios no le había deparado antes más que patanes. Una mujer puede llorar de emoción o agradecimiento, una mujer puede llorar porque siente una plenitud como antes no la había sentido. O puede llorar para ocultar su incapacidad de entregarse. O por lástima de sí misma. O por reconocer que está en la cama o en la vida de un hombre que no la merece. O por mil razones. Una verdad es que las mujeres tienen razones que los hombres no entienden; otra, que cada mujer tiene su propia forma de orgasmo, y si unas sienten que se les mueve la tierra, otras simplemente experimentan un leve rubor, relajamiento y ganas de dormir. Hay mujeres a las que les favorece el racionalizar sus experiencias sexuales, el llevar cuentas de sus orgasmos e incluso ponerles puntuaciones de uno a diez. Muchas de estas mujeres llevan un diario detallado de su vida erótica. Otras, prefieren mantener su vida sexual en el limbo del misterio y entregarse al furor de los fluidos espirituales y físicos. No se puede decir que un tipo de mujer sea superior a otro, aunque en términos estrictamente racionales, es una ley que aquello que más se estudia, se conoce mejor. En contra de esta opinión se levantaría una objeción histórica y acaso un poco machista: las mujeres generalmente no se dejan guiar por la razón, sino que se entregan a la intuición, a lo que podríamos llamar la sabiduría de sus naturalezas. En asuntos eróticos la comunicación es básica: según los Sarrel "la capacidad para compartir con la pareja sentimientos y pensamientos acerca del sexo es el factor más altamente relacionado con una buena relación sexual...Los que gozaban de un buen nivel de comunicación hacían el amor más a menudo y tendían a estar más satisfechos con frecuencia". Más extraño que el llanto en el orgasmo es el caso de una mujer que en lugar de llorar al alcanzar el deleite del cuerpo, se ponía a reír de forma descompuesta. Esta experiencia, definitivamente extravagante, la registré en mi novela Mujeres amadas (Plaza y Janés, Colombia; Universidad Veracruzana, México) --y espero que los indulgentes lectores disculpen el inefable placer de citarme a mí mismo. Copiaré el párrafo in extenso para ejemplificar mi percepción no del orgasmo femenino, sino de un orgasmo femenino: Cuando nos acercamos a la plenitud lo hacemos frente a frente, los ojos en los ojos. Veo brillar sus dientes intensamente blancos en contraste con el rosa pálido y húmedo de sus labios. Veo el umbral vivo de su boca y siento la cálida caricia de su aliento y pienso que es su alma la que emana y baña mi rostro. Contemplo como en medio de un resplandor sus ojos, más vivos que nunca, entregados a la delicia de su propia belleza. Siento su cuerpo tenso como un arco flexible y sin embargo poderoso, intuyo que ha llegado el momento del vuelo de la flecha, tomo sus nalgas con mis manos, las acuno abarcando sus hemisferios, palpando en ellas al mundo, cierro los ojos tratando de conservar en la memoria de las tinieblas luminosas todo el resplandor de ese cuerpo que ha alcanzado su momento más feliz y bello, me entrego por completo, me doy sin restricciones. El cuerpo de Irgla permanece rígidamente aferrado al mío, agarrotado en una especie de extraña desesperación, su respiración se ha suspendido, retiembla su pecho y vibra contra el mío al galope de su corazón. La crispación se prolonga, me turba, pero no me atrevo a intervenir en la sucesión de incomprensibles metamorfosis que deben estar acaeciendo al otro lado de mi piel. Su cuerpo se desmadeja, se desarticula, no con el alivio del hallazgo y la satisfacción, no con el goce que proporciona la solución final, sino con un abandono doloroso. Tiembla. Vuelve a crisparse. Los estremecimientos retornan sin el placer rítmico de los rescoldos, acompañados por intentos de contener algo indecible que pugna por manifestarse. Irgla emite una pequeña carcajada. La entiendo, la quiero entender, como una forma de alivio, como una manifestación de júbilo y liberación. Sé que quiere decir algo pero noto que todo su cuerpo se opone, se rebela contra una explicación. Sigue riéndose. Ríe dolorosamente, a pesar suyo. Lágrimas corren por sus mejillas. Sus puños están apretados, encerrados en sí mismos, ajenos a mí. Entierra su rostro en mi hombro y continúa riéndose. No hay nada que yo pueda hacer excepto esperar. Tal manifestación, algo extraña, sin duda, a partir de ese primer orgasmo, se vuelve a repetir a lo largo de la relación entre el protagonista y su amada. Y estas carcajadas se vuelven tan frecuentes en el acto amoroso, que el hombre termina por acostumbrarse a ellas. Esta forma de manifestar (de anunciar y desencadenar y suceder) el orgasmo es atípica --no diré anormal, pues en tal caso todas las mujeres resultarían anormales: cada una de ellas tiene una forma de comportarse durantre el orgasmo--. El de Irgla, la protagonista de Mujeres amadas no es, para decirlo claramente, un orgasmo sano, sino un orgasmo arrancado a pesar de la mujer, un orgasmo al que ha llegado la mujer después de superar su pernicioso concepto del pecado. Nada como la libertad, el sosiego, el saber que al día siguiente no habrá prisas, nada como el amor, para disfrutar un buen orgasmo, y, claro, sus secuelas, el post-orgasmo: ese entregarse dulcemente al sueño, abrazados a un cuerpo conocido, cuyo olor y calidez nos adormece, nos hace sentir en familia. Las aventuras pueden suministrar emociones intensas, pero fugaces y que culminan en el vacío y la desilusión. Así como se disfruta más y se aprende más de una obra de arte, también del amor satisfecho, corporal y espiritualmente hablando, se desprende una vida equilibrada: un buen sueño, relajado, y un feliz despertar, que permiten afrontar las dificultades de la vida diaria con una sonrisa. 7 April las mujeres de videoMirándose al espejo después del baño Patricio recuerda a Diedre, a Nikki, a Roberta, a Nicoleta, a Serena. Son mujeres dóciles, nada problemáticas, atrevidas. Nunca se quejan. Están dispuestas a todo en cualquier momento. Catalina por el contrario se muestra cada vez más difícil, exigente y desidiosa. -La verdad, querido -dijo la última vez que lo hicieron, en la casa de las columnas- las fiestecitas de amor me molestan. Son como empresas en las que al final no tengo ni siquiera recompensa. Además hay cosas que no entiendo y que me preocupan. Hubo un tiempo en que Catalina quería alcanzar las puertas del cielo cada dos o tres días. Y casi podía arañarlo. Llegó a tener orgasmos mortales que la dejaban llorando convulsivamente. O que la abandonaban en un limbo de temor al sospechar que nunca de nuevo iba a alcanzar semejante escándalo de dicha. Ahora, que han pasado los años y los ardores de las primicias, sabe que Patricio es débil y que sus entusiasmos son breves y apresurados, suficientes apenas para permitirle aspirar a paisajes de hojalata. -Lo que pasa es que no aceptas con resignación que en cosas del amor el tiempo pasado siempre fue mejor. Para Catalina toda razón es vana. Inútil es discutir con ella. Bueno sería hacerla desaparecer aplastando un botón. Desgraciada men te la realidad no funciona así. ¿La verdad? Ni Diedre ni Nikki ni Roberta ni ninguna de las demás tienen nada que enseñarle a Catalina, pues ella lo sabe todo y todo lo practica... cuando quiere. Patricio se pasa la mano por la barba. De ayer a hoy las canas parecen haberse duplicado. Un doblez de piel que antes no había notado cuelga bajo su ojo derecho. Es oscuro y tiene puntos diminutos, parece un tentáculo que comienza a tomar posesión de su rostro, cada vez más anguloso. Las obras del tiempo y la corrosión de las horas secretas. Piensa en esos seres de doble personalidad, santos de día y demonios de noche. Intenta dibujar en el espejo una sonrisa de malo, de bestia sangrienta. Es una lástima que los espejos conocidos sean tan inofensivos. Sólo muestran las miserias del tiempo. Calma, no exageres, Patricio, lo que tienes es un viciecito, una cosa de nada, una dosis mínima de maldad, que no perjudica a nadie. Pero esas canas, esa arruga, en fin. Masajeó su rostro con energía, se peinó la barba. No está dispuesto a teñirla. Quiere envejecer orgullosamente. Movió la cabeza a lado y lado, intentando aliviar la tensión. Ninguna de las mujeres secretas de Patricio tiene complicación alguna. Detestan que se les hable de amor, ignoran las invitaciones a cenas con meseros de guantes blancos, mantel de lino bordado, vela en candelabro de plata y champaña, no son fértiles ni se vuelven locas cuando entran a un centro comercial. Ellas van a lo que van y terminan abrevando en la fuente más dulce, lamiendo, gozando, y de paso, dejan a Patricio en un remanso de paz, de lasitud. Patricio en general duerme como un iluminado después de una sesión de excesos, pero en ocasiones se le aparece en sueños una criaturita femenina que quiere seguir con los deleites o un asesino de cabeza rapada que le dispara a quemarropa en el rostro. La verdad es que cuando Patricio decide recurrir a las damas de vídeo, lo hace después de largas abstinencias, cuando sabe que su esposa no estará disponible durante varios días. Es el pecadillo íntimo de Patricio, su medalla al mérito oculto, su condecoración. Escapar de la casa como un ladrón, llegar al vídeocentro y dirigirse desvergonzadamente a la sección triple X. Recorrer las películas una a una, estudiándolas con escrúpulo de comerciante. Le atraen particularmente dos tendencias: las de mujeres exóticas (filipinas, tailandesas, africanas) y las de jovencitas. No olvida la que filmaron Nicoleta y Danusa en las islas Seychelles. Detesta las de perversiones sangrientas, bestialismo y homosexuales. Adora las que respetan el entorno ecológico y las que se ocupan con minuciosidad del beso francés. La más reciente invitada que tuvo en casa (anoche, que Catalina durmió en el cuarto de la niña) fue Daniella Mariposa Triple X, una jovencita que se pasó toda la película encerrada en su habitación, con las manos entre las piernas, hablándole a la cámara, mientras miraba un sillón en el que imaginaba escenas. Daniella era una niña, tendría acaso 15 años, y sus ojos se redondeaban de pasmo cada vez que imaginaba ver en el sillón escenas escabrosas. Vio a una tailandesa, tan joven como ella misma, que se arqueaba a la manera de una serpiente enfurecida mientras un oriental extremadamente feo, le lamía con arte de orfebre una orquídea temblorosa. Vio a una rubia, también joven, de dientes separados, que repasaba con su lengua como un pincel, la verga grande y saludable de un patán musculoso. Se vio a sí misma en un abrazo inverso con una mujer sabia, que tañía su sexo como un arpa. Patricio tuvo a Daniella en casa menos de doce horas, pero gracias a ella derramó generosamente su placer dos veces. Por la mañana, se levantó sin ningún complejo de culpa al mismo tiempo que su esposa, tomó café con ella y sacó el Ford de la cochera. Se despidieron sin un beso, pero con cortesía, casi sin rencor. En realidad no habían peleado la noche anterior. Solamente cambiaron una mirada equívoca y eso bastó para que Catalina buscara dormir lejos. Gracias, se dijo Patricio cerrando la puerta con llave. Se frotó las manos, se dio dos palmaditas en el rostro, abrió el baúl de la ropa de invierno y buscó a Daniella Mariposa Triple X. Besó el estuche y se dispuso al deleite. A las nueve de la mañana Patricio fue a casa de la tía Felipa, que vive a cincuenta metros, más allá de la tienda de abarrotes, para traer a la beba, que había pasado la noche allí. Le pidió a Celina que la vistiera, le diera su desayuno y él mismo la llevó al kínder. Luego regresó a casa, llamó a la oficina para disculparse, cerró la puerta de la habitación y se dispuso a gozar por segunda vez de Daniella. Una vez terminado el asunto con un estertor apasionado y un grito de soberana independencia, se bañó, descubrió sus nuevas canas y su arruga, se vistió para ir a la oficina (en realidad no tenía que hacer otra cosa sino estar sentado y esperar la visita de los proveedores, que nunca llegaban en lunes), pasó por la gasolinera, abandonó a Daniella en el vídeocentro y escogió a su sucesora, una jovencita alemana de mirada cándida, se reintegró a la respetabilidad, no sin antes mirar con nostalgia a Diedre, Roberta, Nicoleta y suspirar de emoción al pensar en las noches por venir con Cindy, Janice, Helga, Akiko y otras cien criaturas que envidiarían el sultán de Brunei, el Jeque Nefzaqui y los más grandes desaforados que hayan existido. Escondió a la pequeña alemana bajo la llanta de refacción y se prometió recluirla en el baúl lo más pronto posible. Se juró a sí mismo que no iba a invitarla al jolgorio sin antes darle la oportunidad a su mujer. Esperaría exacta mente una semana, pasada la cual aprovecharía el primer enojo de Catalina para tener el pretexto justo. El lunes sería un día pesado pues los dos desmanes con Daniella habían sido estragosos, pero era necesario soportar la rutina diaria (incluso ir al sauna con su esposa y comer en casa de los suegros). A cambio de ello, llegaría la noche (ojalá a Catalina no se le ocurriera hacer una fiestecita de reconciliación), el descanso, y el martes volvería a ser el licenciado Patricio Dióscuro, encargado del departamento de proveeduría de Tribuna Popular. Alto y garboso, ventripotente, siempre vestido de manera juvenil, era el elemento cordial de la oficina. Fue tenista casi profesional, fue consejero de un candidato del partido conservador, fue líder en el grupo scout del barrio, fue ciclista y cumplió la hazaña de ir al puerto de Cartagena y regresar con el pelotón, aunque llegara en último lugar. El currículum de lo que intentó ser resulta fatigoso por interminable y medio disparatado. De lo que no se puede dudar es que terminó su licenciatura en administración de empresas, pues el título preside la sala de su casa y la copia del título le sirve de corona en las paredes de la oficina, que son un verdadero periódico mural. Es un inútil, dicen, y a Patricio no le interesa hacerles cambiar de opinión. Para él es regla la consoladora certeza de que fingirse tonto es la forma más sencilla de ser feliz. Patricio cumple casi todas las leyes de la decencia y el civismo. Es un hombre bueno. Tan bueno, dice Catalina, que pareces subdotado. Todo el mundo te engaña. Cualquiera te puede convencer de lo más increíble. Catalina sabe de las aficiones de su esposo por la pornografía. Ella misma, después de los desmanes en la casa de las columnas, vio media docena de películas cochinonas con su esposo. La primera vez sintió náuseas, aquello le pareció demasiado orgánico, poco honesto. Lo soportó hasta que los personajes se trenzaron en una escena contra natura poco estética. -¿En qué consiste lo hermoso del acto sexual y dónde comienza la vulgaridad? Patricio no supo responderle pero ella sí. -En primera medida debe haber algo más allá de la carne. Una melodía discreta, detalles graciosos en la escena, una expresión auténticamente humana en los rostros. En segunda medida, se deben evitar los grandes planos, los cuerpos deben verse parcialmente. En tercera medida las tomas deben ser lentas y minuciosas. Catalina continuó disertando. Patricio no supo escucharla. Con las damas de vídeo era otro cantar: estaban sujetas a su capricho y por eso podía darles tiempo, sosiego, incluir pausas para alargar el deleite, salir del cuarto a respirar aire puro y cuando el desfallecimiento ya fuera inevita ble, lanzarse con la espada en la mano contra el cielo, limpiar cuidadosamente la sangre y regresar a batallas más tristes. Cuando vio la tercera o cuarta película Catalina comenzó a detallar con interés casi científico las felaciones y a darse cuenta de que las tipas aquellas en ocasiones sí tenían algo que enseñarle. Eran como artistas pacientes que con la lengua levantaban esculturas que alcanzarían su apogeo en el mismo instante en que se iniciaran la caída. -Y el asunto ese de la felación. No sé, creo que oculta algo que nadie ha podido descubrir o por lo menos que no se han atrevido a revelar. -¿Qué? -No es la necesidad de humillarse. Es algo más. Como querer apropiarse de la sustancia del otro. Como querer ser el otro. Un asunto que tiene que ver con el canibalismo, con nuestros antepasados. Pero esto sucede si y solamente si -Catalina en raras ocasiones saca a relucir sus filosofías, pero a veces vale la pena escucharla- la felación es resultado del más absoluto amor y de una pasión del instante. Como que volvemos a ser las bestias que fuimos antes de ser seres humanos con conciencia. Patricio prefirió no teorizar. La verdad es que en la vida real él prefería los negocios limpios y expeditos, sin barroquismos antropológicos o cursilerías. Y el asunto del amor con Catalina le resultaba en general muy sazonado. Demasiadas fantasías revoloteando en la penumbra, presencias ocultas en las sombras, ruidos, murmullos, súbitas detenciones. O tal vez el problema era que su esposa siempre quería las cosas a su manera, con una aburridora igualdad de oportunidades en la que Patricio alcanzando un leve placer se consideraba habitualmente perdedor. Y después, cuando iban juntos al vídeocentro, Catalina tomaba con retador desparpajo las películas triple X, estudiaba los estuches y hacía comentarios en general burlones. (Qué le podían enseñar esas individuas, si ella misma movida por la naturaleza fogosa e impaciente o por los demonios de los espejos se había atrevido a llenarse la boca sin recato! Entonces fue Patricio quien comenzó a alejar a su cónyuge de esas películas. No quería tener una esposa perversa, no tan perversa. Que se atreviera a todo en la cama, pero que no se aficionara a la pornografía. Aquello era un vicio sucio y contami nante, un vicio de hombres, que sólo se permitían en las fiestas de fin de semana, cada vez más escasas por la infinidad de incidentes de la vida y el humor cada vez más agrio y veleidoso (cada vez más filosófico y lleno de imaginaciones) de Catalina. -¿No te aburre saber que vas a hacer lo mismo una y otra vez con la misma persona durante treinta o cuarenta años? -No me aburro de respirar, y eso lo hago cada dos segundos. La verdad es que sí había una dosis de aburrimiento con su esposa y ello tenía que ver con la rutina. Si lograban escapar de la casa, del trabajo y la ciudad, y hacerlo cerca de la playa, en la montaña o en un hotelito de paso cercano -cómo olvidar la casa de las columnas-, el acto resultaba memorable. Era como un retoñar de aquella vieja pasión de los primeros días, cuando podían hacerlo tres o cuatro veces en una noche y Catalina lloraba silenciosamente de dicha y pena a la vez. Entonces todo era simple y estaba rodeado por un halo de candor. Patricio logró alejar a su esposa de la pornografía. Pero él mismo no pudo abandonar a sus mujeres de vídeo. Cuando pasaban semanas y hasta meses sin que Catalina fuera propicia, Patricio perdía el sueño, se levantaba a media noche, bajaba al bar y poco a poco se iba dejando ganar por la idea de que se acercaba la hora de esa especie de reivindicación y de consuelo. Es claro que se avergonzaba del asunto y que muy en el fondo sufría por la añoranza de una especie de santidad conyugal que ya no podría sustentar. Es claro también que Catalina tenía parte de la culpa, por no cumplir con sus deberes constante y periódicamente. Había de todos modos una reserva de felicidad en ese vicio oculto: saber que sí podía serle infiel a su esposa, aunque fuera con señoras de celuloide. Era su partecita podrida, su gusano en la manzana. Todos los seres humanos tienen su gusanito, se decía. El de Catalina era una necesidad de analizarlo todo, de mentirse a sí misma con imaginaciones, una especie de neurosis obsesiva que la llevaba a destruir cualquier principio de armonía. Se le perdonaba eso y lo demás, porque así como sabía odiar a fondo y estaba a punto de mandarlo todo al infierno por una pequeñez (y todo era más que suficiente: la casa de tres niveles, el auto, una sirvienta a veces, los niños en buenas escuelas y vacaciones dos veces al año) también era una mujer amorosa, dedicada a sus hijos, ordenada, y, sobre todo, eficiente. Ella era la que aportaba el 75 por ciento de los ingresos familiares y la que los administraba. A su esposo le proporcionaba apenas lo suficiente para la gasolina, el periódico y 200 000 pesos semanales en efectivo para gastos de emergencia. Entre los gastos de emergencia, entraban, naturalmente, las damas de vídeo. Cuando el licenciado regresó el lunes de su trabajo, agotado por la inactividad de la oficina y las batallas de la noche anterior y la mañana, vio que su mujer abría la puerta de la casa con una amabilidad sorprendente. Estaba de buen humor. Ofreció sus labios al beso. Patricio la abrazó estrechamente, la miró a los ojos y le preguntó retador: -¿Será posible que esta noche tengamos una fiestecita? Catalina suspiró, agarró de las orejas a su marido y clavándole los ojos en las pupilas, le dijo: -Entiéndeme, amor, no me interesa. Estoy en un periodo de balance emocional. Prefiero dormir en el cuarto de la niña. Patricio esbozó su muy sincera sonrisa de santo. La clave de la felicidad matrimonial era sencillísima: a la mujer, lo que quiera. Cerró los ojos por un segundo y recordó la expresión cándida de la pequeña alemana, que lo esperaba ansiosa en el fondo del baúl de la ropa de invierno. ¿Por qué hacerla esperar una semana? El licenciado Patricio Dióscuro vio que sus hijos corrían hacia él, abrió los brazos y la recibió como quien recibe un beso de Dios en la frente.
Del Relato Un Matrimonio Feliz. 24 October De puma a pantera.Bueno pues, ahora se men antojo escribir sobre la UAM. Resulta ser que me que de en esta escuela a estudiar Ingenieria Ambiental, y la neta esta bien pinche dificil, a mi me gusta y me siento comodo en ella, y se que si quiero algo de la vida, quizas ahi lo pueda encontrar.
El unico mal detalle que encontre es la perdida excesiva de amigos que tuve, pareciese ser que el ya no ser puma de papel, significa mas de lo que imagine, y para ser ssincero, solo uno de mis antiguos amigos de la FES Cuautitlan es con el que me sigo contactando. La neta que feo que tenga que empezar a hacer amigos de nuevo, yo me sentia comdo con los que tenia, pero mi indecision para tomar firmeza con mi carrera me llevo a esto.
Ahora solo tengo por platicar que tengo un nuevo amigo perruno que se llama Federer y que es la neta del planeta, creo que Jossue esta muriendo muy lentamente en vida, luis y rodrigo se la estan pasando a toda madre, Abraham se suigue chingando por su dulces niñas (F y M) que la neta esta chido y en general mi familia esta chida.
Me gustan los cambios, y con todo l malo y lo bueno, solo pienso y reafirmo que portar bata blanca es g e n i a l .
Saludos. |
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